18 de marzo de 2010

Neblina en Buenos Aires

Hoy amanecí, como todos los días, las persianas bajas evitaban que pudiera ver el exterior, lo cual comencé con mi rutina diaria para despertarme poco a poco.

Al espiar un poco por las hendijas, el afuera me mostraba un manto gris sobre las calles, edificios y sujetos. Sin dudas, uno de los paisajes más hermosos que se pueden encontrar en una ciudad, climatológicamente hablando, claro.

La frescura de la mañana, como cualquier día de madrugada en medio del campo, acá, rodeado de edificios y de autos que si no te fijas te atropellan.

Pero lo que me frustra, es que más allá de la neblina explícita que me rodea cuando ya estoy recorriendo las recién amanecidas veredas, es entender como una metáfora toda la situación y pensar que, viajando ya en el subterráneo, la gente esconde tras una neblina la que descifro como cuerpo, un montón de historias que nunca podré saber por completo, claro, no me interesa, o quizás sí, quizás a ciertas personas desconocidas por mí le interese que a otro le interese lo que guarda en sí.

Es inevitable pensar cada vez que viajo junto a tanta gente desconocida, todas las historias que pueden llegar a guardarse dentro de sí.

Tantas historias… que bello, y que tan insignificante puede llegar a ser dentro de un vagón del subterráneo local. Y ni pensar en lo que los otros pueden comenzar a pensar al verme a mí, pues tanto eso no me interesa, porque lo que piensen quizás sea algo bueno, o quizás algo totalmente equivocado que si lo descubro podría frustrarme tanto que me volvería demasiado pronto a llorar y dormir. Claro, bajo este hermoso manto de niebla.