“¿Es acaso eso una maldita obsesión?” Pregunté una y otra vez hasta que el silencio se apoderó de mi conciencia y dejó hablando a lo más oculto de mí ser.
Girando entre nubes de contaminación, me vuelvo una vez más hacia las penurias de un templo que nada sabe sobre mi ser. Nada sabe sobre mi pasado. Me regodeo con importantes residentes de esa mística mansión llena de viejos escritos que nada dicen. Aquellas plantas moribundas arrojadas como basura a un contenedor, oscureciendo los rincones, valorando lo importante que es el aire y la luz en una habitación, cosa que no encontraban aquí. Mis ojos iban de aquí para allá, tratando de descifrar lo que allí sucedía. Un hombre con un traje largo hasta los tobillos me obligó a sentarme al resplandor de la llama hirviente de un hogar. Me habló de historias tristes, llenas de rencor, llenas de odio y desamor.
Había perdido un hijo, lo más hermoso de la vida para él, se le había ido de las manos como dinero a la hora de pagar impuestos. Fue el momento en el que el frío se hizo presente luego de haber aclimatado mi desnudo cuerpo al calor del fuego.
Después de tanto haberle pedido a dios, después de tanto gasto ocasionado, después de tanto llanto, se había ido, lo había dejado en este mundo sucio imposible de transitar en soledad. Era un amigo más, era un hijo, era lo que se había ido y nunca iba a volver.
Mis ojos brillantes, a punto de quebrarse en lágrimas, lo miraban fijo, sin saber qué palabras pronunciar para su consuelo.
La madre había partido hacia un lugar no conocido meses atrás, cuando la enfermedad de esta inocente criatura no era imaginada. Cuando la economía familiar se caía a pedazos, cuando el futuro incierto era tan cierto, jamás volverían a ser lo que habían sido años atrás, cuando su hijo apenas era un bebe de pecho, cuando solamente bebía del pecho de la madre, cuando se aferraba a ella cuando el miedo se aferraba a su piel.
Era cuestión de oír su llorosa voz entre el ruido del atizador golpeando la leña a punto de extinguirse. Era tal vez el comienzo de la historia más triste oída en mi vida. No dejaba de ser una persona desconocida, pero era la perdida de una inocente criatura que tan poco tiempo llevaba en esta vida tan cruel.
Mucho egoísmo escurría su palabra, pero era difícil de aceptar el destino que le había tocado.
Así fue, que mi llanto explotó en mil pedazos y él se disculpó por haber contagiado su tristeza.
-Estos días han sido los más duros de mi vida- Aseguró.
Decidí alejarme de este maldito templo que solo había forjado en mí un odio interior hacia los hospitales que nada pudieron hacer contra la enfermedad de este joven ser. Odio en vano, lo sé.
Caminar por las oscuras calles parecía ser mi pasatiempo preferido, sostenido por algún cigarrillo, tal vez por también por el tarareo de alguna melodía. Recorrer estos caminos fríos de las noches más abandonadas del mundo, viendo hombres en mi misma situación, condenados a seguir respirando el sucio aire de la ciudad.
Sumándose historias a mi vida, apareció una alegre mujer, contándome acerca de un nuevo amor, que había aparecido de la nada, entre la niebla de las calles oscuras ya mencionadas. Un alma gemela, un hombre de alta presencia, abanicado por su fortuna. Sonrisa gigante demostraba su fisonomía, ojos que explotaban en ternura, no sabía ni quién era, y ya lo sentía propio. Había visto al hombre más lindo que jamás antes había cruzado. Me contó, no era yo, que lo conoció en un bar, no muy lejano a nuestro sitio actual, regocijó un suspiro profundo, me miró a los ojos, me penetró.
-Tendrías que conocerlo… es como un ángel caído del cielo.-
Así fue que esta muchacha me llevó al bar en el que se encontraba. Caminamos en silencio unas pocas cuadras hasta llegar a la esquina más iluminada de la zona, tan solo un farol en el centro de la intersección. Luz tenue, apenas podía divisar una cara cruzando la calle.
La puerta, madera de algarrobo, sucia de grasa, mis manos patinaron a la hora de abrirle la puerta a mi fiel compañera. Sostuve como pude e ingresamos a este sitio.
Me miró y de reojo apunto hacia el fondo del bar. A la luz de las velas, en una mesa muy alejada de alguna ventana, se situaba un hombre con la cabeza gacha, tomando una bebida incolora, escribiendo alguna cita, tal vez, en su agenda. Pasé unos segundos contemplándolo, hasta que un empleado del lugar me invitó a sentarme en una mesa. Distante ha la cual estaba sentado el culpable de que mi persona se reposara en este lugar. Seguí observándolo detenidamente, esquivando algún obstáculo que entorpeciera mi vista. Mi compañera se había ido al baño, no supe nunca más de ella. Pero mi intriga acerca de ese hombre aún seguía en pie.
Decidí levantarme, decidí ir en busca de una nueva historia. A los pocos metros, el levantó su mirada y me observó sin olvidar ningún detalle. Si hubiese tenido un arma, iba a ser fácil asesinarme. Y justamente de eso iba a hablar su historia, de armas, asesinatos impunes, de muerte y de locura.
Le señalé la silla como invitándome a sentarme junto a él. Asistió con la cabeza y nuevamente la agachó para mirar sus anotaciones. Entre tragos de su bebida con hielos a punto de derretirse por completo, largó sus primeras palabras:
-Solo los idiotas me dicen héroe.
Sentí miedo con esas palabras, no podía imaginarme en qué iba a terminar esta charla.
-Muchos creen que por defender lo que es de todos, uno se convierte en héroe. Y ni así uno se puede sentir bien con uno mismo. No hay forma, sigo sintiendo lo mismo que hace unos años sentí cuando eche un vistazo al asesinato de mi compañero de campaña. Ver la sangre brotar de su cuerpo como el petróleo que florece en oriente. Pero esa vez nadie peleó por su sangre, fluía y se escurría entre mis dedos que trataban de taparle la herida.
Jamás imaginé que iba a oír semejante historia, suerte la de la muchacha que estaba platónicamente enamorada de este señor. No es que tenga nada de malo, pero cargaba con una conciencia sucia.
Sentí odio nuevamente, odio a los que mandaban a estos muchachos a ser pseudo héroes. Quién iba a creer en ellos, si solamente eran humanos extirpados de sus vidas, para ser enviados a la muerte, y con suerte, poder salvarse.
Esta vez no fui yo el que dio fin a la charla, fue él. Con la excusa de tener que concluir algunas tareas, salió, siempre con la cabeza gacha, de este oscuro bar.
Estuve unos minutos para retomar mi figura habitual y levantarme de esa mesa, que cargaba con tanta pena, la historia de este ex combatiente de alguna absurda guerra.
Sentí mi cuerpo muy pesado, sosteniéndome de las sillas que se interferían a mi paso, logré salir del bar.
Rechinando mis zapatos por las veredas rotas, se acercaban las dos de la mañana, y el frío se hacía cada vez más duro. Necesitaba algo que calentara mi cuerpo, y mi sangre pedía a gritos un poco de amor. Y así fue que me crucé una joven muchacha de tez blanca, ojos color miel. Su enrulada cabellera caía sus hombros como las más altas cascadas. Le pedí fuego, no tenía, y me puse a conversar.
-¿No es algo tarde para que una jovencita como vos ande por estos lugares?
-Ando buscando un destino- Afirmó vergonzosamente.
Su timidez rebalsaba de sus mejillas, y yo sabía contemplar con exactitud las venitas que se hinchaban cada vez más para sonrojar su tez.
-Bonita noche, ¿no crees?- Me preguntó, rompiendo el silencio.
-Así es, frío, estaba buscando un lugar para tomar un café.
-Yo conozco un lugar bello- Aseguró, y se ofreció a acompañarme.
Caminamos, solitarios, los dos en silencio. Yo sin saber a dónde iba, y ella con una sonrisa, demostrándole a la noche que por fin una vez le tocó ir acompañada.
Una vieja casona se erguía en la esquina, ventanas enormes, me imaginé la cantidad de luz que entraría durante el día por esos ventanales.
Ingresamos y nos acomodamos. Ambos seguíamos callados, pero cuestionados.
-¿Siempre vienes por aquí?- Decidí preguntarle, para que se suelte.
-Siempre, pero es la primera vez que me acompaña alguien.
-Es un placer poder acompañarla esta noche señorita.-
-Mi nombre es María – Le había molestado mi expresión de “señorita” hacia ella. –No soy señorita, en todo caso, dígame señora, pero prefiero que me diga María, como en realidad me llamo.
-¿Tiene hijos?
-Así es, uno, pero lamentablemente no lo tengo, me lo sacaron de mis manos ni bien había nacido, el maldito que le tocó como padre, lo regalo a una familia ostentosa.
¿Acaso era una maldición?, ¿Por qué siempre tenía que oír tristes historias?
-Nunca tuvo amor, hacia mí, hacia nadie. Nunca tuvo amor. Era una mala persona, solo le interesaba el dinero que, tal vez, yo podría haber cobrado de una herencia, que gracias a dios, no cobré, o por lo menos, es lo que creía el padre de mi hijo. Era un maldito jornalero, pero pocas jornadas eran en las que salía a trabajar. Siempre se quedaba en mi casa, a mirar la televisión y a molestar a mi hijo. Hasta que un día se cansó de él, y lo regaló a unos mal vivientes compradores de niños.
-Y ahora, ¿cómo está usted?- Necesitaba abrir mi boca, no podía quedarme callado y seguir oyendo tan triste historia.
-Digamos que soy feliz, la soledad es la fiel compañera que cada uno de nosotros tenemos en este mundo, no nos engaña, no nos oculta nada. Es como nuestra sombra, ahí está, si la quieres, te oirá, y si no quieres, no gruñirá.
El café ya frío sobre la mesa, se iban cumpliendo las cuatro de la madrugada y era hora de volver a mi hogar, sin antes no intercambiar los números telefónicos con Maria. Promesas van, promesas vienen, nos íbamos a volver a ver en alguna de las noches de este hirviente invierno.
Cada uno para lados distintos, fui en busca de la parada de un colectivo que me llevara hasta mi casa. En la parada me encuentro con un niño.
-¿Disculpe señor, sabe si este me lleva hasta mi casa?
-No sabría decirte hijo, no soy de esta zona, ni siquiera, sé si me lleva a mí.
-No tengo casa yo- Dijo sorpresivamente el pequeño niño.
Quedé atónito, justo llegó el colectivo, subí sin decirle adiós.
“¿Es acaso esto una maldita obsesión?” Pregunté una y otra vez hasta que el silencio se apoderó de mi conciencia y dejó hablando a lo más oculto de mí ser.
Creo que al oír tantas historias en una sola noche, solo puedo decir que a veces, tenemos que abrirnos a los problemas de las demás personas, para entender por qué la vida es así, y no solo sentir lo que nos pasa a nosotros mismos. Pensar que a veces, hay más en el cuadro de lo que se ve entre los marcos. Hay más en este mundo, que la vida de nosotros mismos. En una noche se pueden descubrir miles de sentimientos, miles de historias, tan tristes que parecen mentiras. Pero la vida es así, no todo el mundo puede ser feliz. A veces un tropiezo significa que la vida será mucho mejor más adelante.
Por eso es que oí atentamente cada una de las historias, en silencio, buscando en los ojos de las personas si creer o no internamente. Mi corazón muchas veces dejó de latir a un ritmo lento para galopar entre los nervios de una taza de café o de un vaso de caña. Al final, mi vida ni ahí se comparaba con el hombre al que le habían asesinado a un amigo en una guerra, y mucho menos a la de una mujer que le sacaron de sus brazos a u niño. Tal vez sean parecidas, pero cada uno tiene sus sentimientos con respecto a sus experiencias y cada uno toma las cosas por distintos puntos de vista. Pero la vida es la misma, lo que es distinto es el espíritu de cada persona.
Por eso, antes de juzgar por lo que veo de lejos, prefiero acercarme tanto hasta tocarle el corazón y sentir en carne propia que es lo que le pasa a la gente. Ver más allá de las lágrimas de sus ojos. Sentir qué sienten.
Girando entre nubes de contaminación, me vuelvo una vez más hacia las penurias de un templo que nada sabe sobre mi ser. Nada sabe sobre mi pasado. Me regodeo con importantes residentes de esa mística mansión llena de viejos escritos que nada dicen. Aquellas plantas moribundas arrojadas como basura a un contenedor, oscureciendo los rincones, valorando lo importante que es el aire y la luz en una habitación, cosa que no encontraban aquí. Mis ojos iban de aquí para allá, tratando de descifrar lo que allí sucedía. Un hombre con un traje largo hasta los tobillos me obligó a sentarme al resplandor de la llama hirviente de un hogar. Me habló de historias tristes, llenas de rencor, llenas de odio y desamor.
Había perdido un hijo, lo más hermoso de la vida para él, se le había ido de las manos como dinero a la hora de pagar impuestos. Fue el momento en el que el frío se hizo presente luego de haber aclimatado mi desnudo cuerpo al calor del fuego.
Después de tanto haberle pedido a dios, después de tanto gasto ocasionado, después de tanto llanto, se había ido, lo había dejado en este mundo sucio imposible de transitar en soledad. Era un amigo más, era un hijo, era lo que se había ido y nunca iba a volver.
Mis ojos brillantes, a punto de quebrarse en lágrimas, lo miraban fijo, sin saber qué palabras pronunciar para su consuelo.
La madre había partido hacia un lugar no conocido meses atrás, cuando la enfermedad de esta inocente criatura no era imaginada. Cuando la economía familiar se caía a pedazos, cuando el futuro incierto era tan cierto, jamás volverían a ser lo que habían sido años atrás, cuando su hijo apenas era un bebe de pecho, cuando solamente bebía del pecho de la madre, cuando se aferraba a ella cuando el miedo se aferraba a su piel.
Era cuestión de oír su llorosa voz entre el ruido del atizador golpeando la leña a punto de extinguirse. Era tal vez el comienzo de la historia más triste oída en mi vida. No dejaba de ser una persona desconocida, pero era la perdida de una inocente criatura que tan poco tiempo llevaba en esta vida tan cruel.
Mucho egoísmo escurría su palabra, pero era difícil de aceptar el destino que le había tocado.
Así fue, que mi llanto explotó en mil pedazos y él se disculpó por haber contagiado su tristeza.
-Estos días han sido los más duros de mi vida- Aseguró.
Decidí alejarme de este maldito templo que solo había forjado en mí un odio interior hacia los hospitales que nada pudieron hacer contra la enfermedad de este joven ser. Odio en vano, lo sé.
Caminar por las oscuras calles parecía ser mi pasatiempo preferido, sostenido por algún cigarrillo, tal vez por también por el tarareo de alguna melodía. Recorrer estos caminos fríos de las noches más abandonadas del mundo, viendo hombres en mi misma situación, condenados a seguir respirando el sucio aire de la ciudad.
Sumándose historias a mi vida, apareció una alegre mujer, contándome acerca de un nuevo amor, que había aparecido de la nada, entre la niebla de las calles oscuras ya mencionadas. Un alma gemela, un hombre de alta presencia, abanicado por su fortuna. Sonrisa gigante demostraba su fisonomía, ojos que explotaban en ternura, no sabía ni quién era, y ya lo sentía propio. Había visto al hombre más lindo que jamás antes había cruzado. Me contó, no era yo, que lo conoció en un bar, no muy lejano a nuestro sitio actual, regocijó un suspiro profundo, me miró a los ojos, me penetró.
-Tendrías que conocerlo… es como un ángel caído del cielo.-
Así fue que esta muchacha me llevó al bar en el que se encontraba. Caminamos en silencio unas pocas cuadras hasta llegar a la esquina más iluminada de la zona, tan solo un farol en el centro de la intersección. Luz tenue, apenas podía divisar una cara cruzando la calle.
La puerta, madera de algarrobo, sucia de grasa, mis manos patinaron a la hora de abrirle la puerta a mi fiel compañera. Sostuve como pude e ingresamos a este sitio.
Me miró y de reojo apunto hacia el fondo del bar. A la luz de las velas, en una mesa muy alejada de alguna ventana, se situaba un hombre con la cabeza gacha, tomando una bebida incolora, escribiendo alguna cita, tal vez, en su agenda. Pasé unos segundos contemplándolo, hasta que un empleado del lugar me invitó a sentarme en una mesa. Distante ha la cual estaba sentado el culpable de que mi persona se reposara en este lugar. Seguí observándolo detenidamente, esquivando algún obstáculo que entorpeciera mi vista. Mi compañera se había ido al baño, no supe nunca más de ella. Pero mi intriga acerca de ese hombre aún seguía en pie.
Decidí levantarme, decidí ir en busca de una nueva historia. A los pocos metros, el levantó su mirada y me observó sin olvidar ningún detalle. Si hubiese tenido un arma, iba a ser fácil asesinarme. Y justamente de eso iba a hablar su historia, de armas, asesinatos impunes, de muerte y de locura.
Le señalé la silla como invitándome a sentarme junto a él. Asistió con la cabeza y nuevamente la agachó para mirar sus anotaciones. Entre tragos de su bebida con hielos a punto de derretirse por completo, largó sus primeras palabras:
-Solo los idiotas me dicen héroe.
Sentí miedo con esas palabras, no podía imaginarme en qué iba a terminar esta charla.
-Muchos creen que por defender lo que es de todos, uno se convierte en héroe. Y ni así uno se puede sentir bien con uno mismo. No hay forma, sigo sintiendo lo mismo que hace unos años sentí cuando eche un vistazo al asesinato de mi compañero de campaña. Ver la sangre brotar de su cuerpo como el petróleo que florece en oriente. Pero esa vez nadie peleó por su sangre, fluía y se escurría entre mis dedos que trataban de taparle la herida.
Jamás imaginé que iba a oír semejante historia, suerte la de la muchacha que estaba platónicamente enamorada de este señor. No es que tenga nada de malo, pero cargaba con una conciencia sucia.
Sentí odio nuevamente, odio a los que mandaban a estos muchachos a ser pseudo héroes. Quién iba a creer en ellos, si solamente eran humanos extirpados de sus vidas, para ser enviados a la muerte, y con suerte, poder salvarse.
Esta vez no fui yo el que dio fin a la charla, fue él. Con la excusa de tener que concluir algunas tareas, salió, siempre con la cabeza gacha, de este oscuro bar.
Estuve unos minutos para retomar mi figura habitual y levantarme de esa mesa, que cargaba con tanta pena, la historia de este ex combatiente de alguna absurda guerra.
Sentí mi cuerpo muy pesado, sosteniéndome de las sillas que se interferían a mi paso, logré salir del bar.
Rechinando mis zapatos por las veredas rotas, se acercaban las dos de la mañana, y el frío se hacía cada vez más duro. Necesitaba algo que calentara mi cuerpo, y mi sangre pedía a gritos un poco de amor. Y así fue que me crucé una joven muchacha de tez blanca, ojos color miel. Su enrulada cabellera caía sus hombros como las más altas cascadas. Le pedí fuego, no tenía, y me puse a conversar.
-¿No es algo tarde para que una jovencita como vos ande por estos lugares?
-Ando buscando un destino- Afirmó vergonzosamente.
Su timidez rebalsaba de sus mejillas, y yo sabía contemplar con exactitud las venitas que se hinchaban cada vez más para sonrojar su tez.
-Bonita noche, ¿no crees?- Me preguntó, rompiendo el silencio.
-Así es, frío, estaba buscando un lugar para tomar un café.
-Yo conozco un lugar bello- Aseguró, y se ofreció a acompañarme.
Caminamos, solitarios, los dos en silencio. Yo sin saber a dónde iba, y ella con una sonrisa, demostrándole a la noche que por fin una vez le tocó ir acompañada.
Una vieja casona se erguía en la esquina, ventanas enormes, me imaginé la cantidad de luz que entraría durante el día por esos ventanales.
Ingresamos y nos acomodamos. Ambos seguíamos callados, pero cuestionados.
-¿Siempre vienes por aquí?- Decidí preguntarle, para que se suelte.
-Siempre, pero es la primera vez que me acompaña alguien.
-Es un placer poder acompañarla esta noche señorita.-
-Mi nombre es María – Le había molestado mi expresión de “señorita” hacia ella. –No soy señorita, en todo caso, dígame señora, pero prefiero que me diga María, como en realidad me llamo.
-¿Tiene hijos?
-Así es, uno, pero lamentablemente no lo tengo, me lo sacaron de mis manos ni bien había nacido, el maldito que le tocó como padre, lo regalo a una familia ostentosa.
¿Acaso era una maldición?, ¿Por qué siempre tenía que oír tristes historias?
-Nunca tuvo amor, hacia mí, hacia nadie. Nunca tuvo amor. Era una mala persona, solo le interesaba el dinero que, tal vez, yo podría haber cobrado de una herencia, que gracias a dios, no cobré, o por lo menos, es lo que creía el padre de mi hijo. Era un maldito jornalero, pero pocas jornadas eran en las que salía a trabajar. Siempre se quedaba en mi casa, a mirar la televisión y a molestar a mi hijo. Hasta que un día se cansó de él, y lo regaló a unos mal vivientes compradores de niños.
-Y ahora, ¿cómo está usted?- Necesitaba abrir mi boca, no podía quedarme callado y seguir oyendo tan triste historia.
-Digamos que soy feliz, la soledad es la fiel compañera que cada uno de nosotros tenemos en este mundo, no nos engaña, no nos oculta nada. Es como nuestra sombra, ahí está, si la quieres, te oirá, y si no quieres, no gruñirá.
El café ya frío sobre la mesa, se iban cumpliendo las cuatro de la madrugada y era hora de volver a mi hogar, sin antes no intercambiar los números telefónicos con Maria. Promesas van, promesas vienen, nos íbamos a volver a ver en alguna de las noches de este hirviente invierno.
Cada uno para lados distintos, fui en busca de la parada de un colectivo que me llevara hasta mi casa. En la parada me encuentro con un niño.
-¿Disculpe señor, sabe si este me lleva hasta mi casa?
-No sabría decirte hijo, no soy de esta zona, ni siquiera, sé si me lleva a mí.
-No tengo casa yo- Dijo sorpresivamente el pequeño niño.
Quedé atónito, justo llegó el colectivo, subí sin decirle adiós.
“¿Es acaso esto una maldita obsesión?” Pregunté una y otra vez hasta que el silencio se apoderó de mi conciencia y dejó hablando a lo más oculto de mí ser.
Creo que al oír tantas historias en una sola noche, solo puedo decir que a veces, tenemos que abrirnos a los problemas de las demás personas, para entender por qué la vida es así, y no solo sentir lo que nos pasa a nosotros mismos. Pensar que a veces, hay más en el cuadro de lo que se ve entre los marcos. Hay más en este mundo, que la vida de nosotros mismos. En una noche se pueden descubrir miles de sentimientos, miles de historias, tan tristes que parecen mentiras. Pero la vida es así, no todo el mundo puede ser feliz. A veces un tropiezo significa que la vida será mucho mejor más adelante.
Por eso es que oí atentamente cada una de las historias, en silencio, buscando en los ojos de las personas si creer o no internamente. Mi corazón muchas veces dejó de latir a un ritmo lento para galopar entre los nervios de una taza de café o de un vaso de caña. Al final, mi vida ni ahí se comparaba con el hombre al que le habían asesinado a un amigo en una guerra, y mucho menos a la de una mujer que le sacaron de sus brazos a u niño. Tal vez sean parecidas, pero cada uno tiene sus sentimientos con respecto a sus experiencias y cada uno toma las cosas por distintos puntos de vista. Pero la vida es la misma, lo que es distinto es el espíritu de cada persona.
Por eso, antes de juzgar por lo que veo de lejos, prefiero acercarme tanto hasta tocarle el corazón y sentir en carne propia que es lo que le pasa a la gente. Ver más allá de las lágrimas de sus ojos. Sentir qué sienten.