Quería tener todo en mi poder, quería saborear,
la dulzura de la última fruta del Apocalipsis.
Los impulsos de frescura en el aire, volando,
los manantiales abiertos, intrínsecos hechizos.
Infinitas palabras, que no sirven de nada,
que no curan heridas y que confunden laberintos.
Entre nudos de perdición, entre lamentos hipócritas,
los cuervos nos vigilan desde cerca, esperando.
Los árboles de a poco se marchitan,
se hacen viejos, tan añejos, cuestión de experiencia,
se va, se queda, da igual…
El viento y un poema perverso,
ausente, se queda, tan muerta,
como animal abatido.
Y aunque a las espaldas, las amenazas se mezclan,
oyes decir “la ilusión es un lamento deseado”.
Y el resto que nos queda, los escombros del resplandor,
de muertos que aún siguen queriendo resucitar.
la dulzura de la última fruta del Apocalipsis.
Los impulsos de frescura en el aire, volando,
los manantiales abiertos, intrínsecos hechizos.
Infinitas palabras, que no sirven de nada,
que no curan heridas y que confunden laberintos.
Entre nudos de perdición, entre lamentos hipócritas,
los cuervos nos vigilan desde cerca, esperando.
Los árboles de a poco se marchitan,
se hacen viejos, tan añejos, cuestión de experiencia,
se va, se queda, da igual…
El viento y un poema perverso,
ausente, se queda, tan muerta,
como animal abatido.
Y aunque a las espaldas, las amenazas se mezclan,
oyes decir “la ilusión es un lamento deseado”.
Y el resto que nos queda, los escombros del resplandor,
de muertos que aún siguen queriendo resucitar.