Quién más, sino yo, pueda encontrar la salida a éste laberinto. De paredes altas hasta el infinito, de luces que oscurecen a cada paso. De las pendientes que me llevan a chocar contra la vertiente de ácido que emanan los muros. Tan altos, tan altos que ni si quiera puedo observar por debajo de ellos.
Allí están, desde lo alto, observando fijamente mis movimientos. Lentos, imprecisos, inseguros. La noche helada, y este temblor no es de frío. La noche que se escapa, una vez más, hacia un recóndito rincón de éste lugar. Se estrecha, cada vez más. Cada sendero es más angosto aún. Creo no poder salir, pero allí veo, al fin, un pequeño agujero en la pared.
Quién más, sino yo, pueda con la mano intentar escarbar allí y descubrir el otro lado. La noche helada, y este temblor no es de frío.
Sin pensarlo, allí va, hasta lo profundo, y de pronto más y más frío. Y se vuelve infinita la sensibilidad, y el tacto descubre algo que no está en mi lado. Más frío aún, y el temblor que no se detiene. Cada vez es más fuerte, cada vez más profundo.
Comienzo a ver, como una pequeña grieta comienza a resquebrajar toda la pared. Como cada uno de mis lados es cubierto por grietas. El temblor nunca se detuvo, y cada vez, aún, es más fuerte. Este temblor, sin dudas, no es de frío. Y allí, no más que oscuridad, preciosa oscuridad. Indescriptible oscuridad. Soledad, atravesada por los muros cayendo sobre la nada. La piel esquiva cada escombro. Más temblor, el suelo comienza a resquebrajarse, y el frío no nos hace temblar.