15 de junio de 2012

Una mañana cualquiera

El iba parado a su lado, escuchando atentamente cada una de las indicaciones. Le decía dónde debía parar, cuándo arrancar, cuándo abrir y cuándo cerrar. También cuánto cobrar. 

El saludaba, el otro también. Temprano, la llovizna gris cubría el paisaje de la ciudad, como si un viejo imperio los quisiera envenenar con su cultura climática. NO! Una mañana gris de junio, no de invierno, de otoño. Exacto. Frío por doquier. 

Martín llegaba tarde a su trabajo, pensaba en lo difícil que sería convencer a su jefe de que el transporte andaba mal y que el sistema no funcionaba como en el viejo continente; ¿bien?. Laura, en cambio, llegaba temprano, si, iba pensando en su tibio desayuno, abundante en calorías. Doña Rosa, sentada en el primer asiento, se asustaba en cada esquina, abría los ojos como dos huevos al ver que el coche frenaba muy cerca de la parte trasera de los demás coches. Fernando, que le había costado subir, con su cara de abrumado. Enojado con todos los demás, sin motivo, queriendo demostrar que el esta mal y que es el único hundido en esa infelicidad.

El que iba parado sigue allí. Mañana se sentará. El que iba sentado, ahí sigue. Este le pregunta; "entendiste a dónde vamos?"

Quien iba parado, seguro, le contesta: "Yo no voy a ningún lado... yo los llevo."

Un día antes había sido todo igual. Mañana va a ser todo igual. Ellos nunca aprendieron a adaptarse, o quizás no pudieron.