Cuando las palabras te entran y se quedan, cuando las actitudes te golpean bien por dentro y te hacen llorar, cuando esas críticas mal hechas te hacen pensar en que se equivocaron. Es cuando, entonces, ves que no todos piensan como vos, en que vos no sos igual a nadie, y eso es lo bueno de la historia, dicen que si fuésemos todos iguales, sería muy aburrido. ¿Será?
Yo, por ende, sigo por este camino, esquivando a los que no me aceptan, o, intentando sobreponerme a ellos, dejando que opinen a su manera, si dejar que ello afecte trágicamente a mí forma de ser.
Pero, las circunstancias de la vida, a veces, pueden golpearte hasta que llega la muerte, pero… la muerte… ¿qué es la muerte? No, mejor dicho, de qué muerte hablo? De la muerte del espíritu? ¿De la muerte total de la existencia? o, quizás, ¿de la muerte de la forma de pensar, la muerte de las ideologías?
Es entonces, cuando me siento en el basurero de mi mente, en donde abundan los rencores y los malos pensamientos, y a todos ellos, los comienzo a ordenar y así dejarlos en su lugar, cosa que no tengan que volver a invadir mis recuerdos. Es ahí, donde el todo se funde en la historia, y queda guardado para siempre, cada uno, como un capítulo, en su respectivo cuento.
La vida nos da enseñanza, la vida… la construimos nosotros mismos, el destino, quizás una máscara de esta vida que creamos, una máscara que le ponemos a los errores que nosotros mismos cometemos.
En fin, la reflexión, a veces sirve para descargar, y cuando uno descarga sus broncas, pensamientos o ideas, las hace... las hace y las convierte en un montón de letras que a veces para un tercero nada significan, pero si para uno mismo, que sabe por qué las escribe y cada vez, al leerla, se da cuenta de lo que vivió en aquél momento, y este momento, es ahora, o unos días atrás… o quizás, quién te dice, unos años atrás.