29 de julio de 2014

Aquel maestro del rebaño

Recuerdo aquella noche, en ese minuto de distensión, donde se acercó a enseñarme los modales de la vida. Recuerdo aquella noche, tan lejana en mi pensamiento, y a pesar de eso tan extrañada. Recuerdo cada una de sus palabras, recuerdo cada uno de sus puñales inamistosos. Su intención.

Allí estaba, descartando las zozobras del orgullo, aceptando la derrota, como un perro sediento en el desierto. La cabeza a media asta, recordando y aprendiendo, yo mismo, de los propios errores, sin necesidad de un gurú que me lo enseñe. 

Y ahora está allí ese gurú, enredado entre los manuales que intentó enseñar. Si mi hambre fue el orgullo, hoy es su alimento. Nunca dejó de serlo, a pesar de haber atravesado momentos difíciles, donde ningún gurú intentó explicarle las formas de seguir. Solo encontró otros perros, que acompañaron de él.  

¿Cuál es tu nueva visión de hoy? Ya estas a salvo, o al menos eso crees. Ya eres feliz, o al menos eso crees. Todo dependerá de tus pasos. De tu fortaleza y de tu velocidad. Ni tan fuerte ni tan veloz has de ser para llegar lejos, tan solo se requiere firmeza. Lentitud, aceptable, siempre con firmeza. 

Y estos perros, hoy abandonados, no entienden donde está su “gurú”, que tanto quiso enseñarles. Se fue, en busca de guiar a una raza, quizás no superior. Allí vas gurú, sin dudas, sabemos que volverás a compartir este viaje junto a nosotros.

 

28 de julio de 2014

Grietas y Laberintos

Quién más, sino yo, pueda encontrar la salida a éste laberinto. De paredes altas hasta el infinito, de luces que oscurecen a cada paso. De las pendientes que me llevan a chocar contra la vertiente de ácido que emanan los muros. Tan altos, tan altos que ni si quiera puedo observar por debajo de ellos. 

Allí están, desde lo alto, observando fijamente mis movimientos. Lentos, imprecisos, inseguros. La noche helada, y este temblor no es de frío. La noche que se escapa, una vez más, hacia un recóndito rincón de éste lugar. Se estrecha, cada vez más. Cada sendero es más angosto aún. Creo no poder salir, pero allí veo, al fin, un pequeño agujero en la pared.  

Quién más, sino yo, pueda con la mano intentar escarbar allí y descubrir el otro lado. La noche helada, y este temblor no es de frío.  

Sin pensarlo, allí va, hasta lo profundo, y de pronto más y más frío. Y se vuelve infinita la sensibilidad, y el tacto descubre algo que no está en mi lado. Más frío aún, y el temblor que no se detiene. Cada vez es más fuerte, cada vez más profundo. 

Comienzo a ver, como una pequeña grieta comienza a resquebrajar toda la pared. Como cada uno de mis lados es cubierto por grietas. El temblor nunca se detuvo, y cada vez, aún, es más fuerte. Este temblor, sin dudas, no es de frío. Y allí, no más que oscuridad, preciosa oscuridad. Indescriptible oscuridad. Soledad, atravesada por los muros cayendo sobre la nada. La piel esquiva cada escombro. Más temblor, el suelo comienza a resquebrajarse, y el frío no nos hace temblar.