Recuerdo aquella noche, en ese minuto de distensión, donde se acercó a enseñarme los modales de la vida. Recuerdo aquella noche, tan lejana en mi pensamiento, y a pesar de eso tan extrañada. Recuerdo cada una de sus palabras, recuerdo cada uno de sus puñales inamistosos. Su intención.
Allí estaba, descartando las zozobras del orgullo, aceptando la derrota, como un perro sediento en el desierto. La cabeza a media asta, recordando y aprendiendo, yo mismo, de los propios errores, sin necesidad de un gurú que me lo enseñe.
Y ahora está allí ese gurú, enredado entre los manuales que intentó enseñar. Si mi hambre fue el orgullo, hoy es su alimento. Nunca dejó de serlo, a pesar de haber atravesado momentos difíciles, donde ningún gurú intentó explicarle las formas de seguir. Solo encontró otros perros, que acompañaron de él.
¿Cuál es tu nueva visión de hoy? Ya estas a salvo, o al menos eso crees. Ya eres feliz, o al menos eso crees. Todo dependerá de tus pasos. De tu fortaleza y de tu velocidad. Ni tan fuerte ni tan veloz has de ser para llegar lejos, tan solo se requiere firmeza. Lentitud, aceptable, siempre con firmeza.
Y estos perros, hoy abandonados, no entienden donde está su “gurú”, que tanto quiso enseñarles. Se fue, en busca de guiar a una raza, quizás no superior. Allí vas gurú, sin dudas, sabemos que volverás a compartir este viaje junto a nosotros.

